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sábado, 6 de abril de 2013

I. Octubre de 1983



 Llegué con mis convicciones provincianas, regionalistas, nada podía haber mejor que la comida y los caldos de mi tierra, nada mejor que sus gentes, del folclore ¡ni hablemos! ¿Acaso había algo en el orbe que superase a la jota aragonesa?
 Llegué con las convicciones de alguien que nunca antes había conocido otra cultura que la que le vio nacer.
 Llegué inseguro, temeroso,  todo parecía igual que en mi ciudad natal pero todo era distinto.

 “Rápido Intercity procedente de Barcelona-Término, destino Madrid-Chamartín, efectuará su entrada en vía 3, andén primero”

 Y allí estaba yo, en el andén de la estación del Portillo desde hacía más de una hora -había que ser prudente para no perder el tren- con dos enormes maletas y una bolsa de mano en la que llevaba un par de
bocadillos, una bota de vino del pueblo y un ejemplar del Heraldo de Aragón. Mi padre, mi madre y mi hermana habían venido a despedirme, era la primera vez que nos separábamos por tanto tiempo, comenzaba el curso y no volvería hasta las navidades.
-¿Llevas el billete?
-¿y las perras pal taxi?
-Ya llamarás cuando llegues y ten mucho cuidadico…
 Tras casi cuatro horas de viaje con sentimientos que fluctuaban entre la melancolía y la emoción de iniciar una nueva vida, después de dar buena cuenta de los bocadillos y pegarle algún que otro tiento a la bota, al fin llegué a Madrid. Se me iba a hacer eterno, qué lejos se veían las navidades y mucho más el fin de curso…

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